Freda Arden (Highlands)

1. La rehén del highlander 


¿Qué harías si el hombre que te dio la vida te entregar al monstruo que juró destruirla?
El día que crucé la frontera de las Highlands entendí dos cosas: que la paz es una mentira escrita con sangre… y que mi padre no me estaba entregando a un marido, sino vendiéndome como carne de traición.
Soy Isobel Fraser.
Hija de un clan traidor.
La moneda que mi padre lanzó al barro para encender una guerra.
He aprendido a sobrevivir entre silencios y dagas, pero jamás imaginé que el hombre que me capturó sería el único capaz de perder su honor para evitar que me quemen viva.
Él es Alasdair MacLeod.
Lo llaman jefe.
Yo lo llamo tormenta de granito: gélido, letal y con una autoridad que no necesita alzar la voz para hacerte temblar.
Ha quemado su pasado ante el Rey.
Ha perdido su castillo para rescatarme de las llamas.
Y ahora, somos los fugitivos más buscados de toda Escocia.
Un honor sucio y una deuda de sangre.
El clan MacLeod ha caído bajo el acero inglés.
El castillo es una ruina humeante.
Alasdair, el Laird sin trono, mantiene a Isobel a su lado con una protección feroz que arde más que cualquier fuego… y con una sed de venganza que solo ella puede saciar.
Entre ambos no hay promesas

2. La inglesa y el highlander


¿Qué harías si tu escolta muriera a hachazos, tu carruaje ardiera en el barro… y el hombre que te arrastra fuera del fuego fuera el mismo al que la Corona llama salvaje?
El día que la emboscada destrozó mi convoy en las Highlands entendí dos cosas:
que mi supervivencia no estaba prevista…
y que el Highlander que me apuntaba con su espada no creía en los rescates.
Soy Margaret Ashford.
Hija de un noble inglés.
Error diplomático con vestido de seda.
He sido educada para negociar con palabras y silencios caros, pero nunca había visto a un hombre mirar a una mujer como si ya hubiera decidido cuánto vale su vida… y cuánto costará protegerla.
Él es Ewan MacRae.
Lo llaman capitán.
Yo lo llamo sentencia en carne y hueso: acero, barro y una autoridad que no necesita alzar la voz para que los hombres obedezcan.
Nadie en su clan quiere que yo respire un día más.
Me custodia rodeado de guerreros que afilan sus hachas mientras calculan qué ganarán entregando mi cadáver.
Y entonces comenzó la huida.
Ewan no promete.
No se disculpa.
Cuando te agarra del brazo y te obliga a correr entre disparos y fuego, comprendes que tu libertad acaba de convertirse en su responsabilidad… y en tu condena.
Debía usarme como rehén para forzar pactos.
El problema es que algunas guerras no se negocian: se provocan.
Las Highlands arden bajo una frontera corrupta donde la ley inglesa compra lealtades con oro y castigos ejemplares.
Lord Blackthorne, arquitecto del orden imperial, ha diseñado una emboscada perfecta: eliminar testigos incómodos, dividir clanes y convertir a Margaret Ashford en la moneda con la que borrar sus propias traiciones.
Ewan MacRae, despojado de su mando y marcado como traidor, se convierte en el único obstáculo entre Margaret y una muerte silenciosa.
La mantiene con vida mediante una protección brutal que se siente como cautiverio… y con una mirada que no promete salvación, solo supervivencia.
Mientras aldeas son arrasadas, clanes se traicionan y la caza se estrecha, Margaret deja de ser una carga para convertirse en un arma.
Roba documentos, expone mentiras y obliga a la Corona a mostrar los dientes.
Entre ella y el Highlander no hay refugio. Hay:
Tensión
Peligro
Orgullo
Y un enemigo dispuesto a quemar valles enteros antes que permitir que una inglesa y un rebelde sobrevivan a su mentira.
He aprendido algo durante la persecución:
hay hombres que te usan como moneda…
y hombres que te obligan a decidir si prefieres arder con ellos o volver a vivir de rodillas.
Ewan MacRae es ambos.

3. La esposa cautiva del highlander 





¿Qué harías su tu propio padre te vendiera...al hombre que mas desea verte morir?
Enemigos por sangre. Amantes por condena. Vendida sin elección. Reclamada sin piedad.
El día que crucé el puente levadizo del castillo MacRae entendí dos cosas:
que mi boda no era un pacto de paz…
y que mi marido no creía en las segundas oportunidades.
Soy Ailsa Cameron.
Hija de un traidor.
Moneda de cambio.
La mujer que debía sellar una tregua… o destruir un clan desde dentro.
Me enseñaron a obedecer.
A sonreír.
A sobrevivir.
No a enfrentarme a un hombre que ya ha decidido cuánto vale mi vida.
Él es Duncan MacRae.
Laird de un clan al borde de la extinción.
Un hombre hecho de acero, cicatrices… y decisiones que no admiten error.
No me odia.
Eso sería más fácil.
Me tolera como se tolera una amenaza:
de cerca…
y con una espada preparada.
En su fortaleza no soy esposa.
No soy aliada.
Soy una prisionera vigilada por hombres que discuten si mi muerte sería más útil que mi existencia.
Y cuando Duncan ordena que me encadenen…
lo entiendo.
Mi supervivencia no es un derecho.
Es una concesión.
Y puede desaparecer en cualquier momento.
Pero en las Highlands, el verdadero peligro no siempre viene del enemigo.
Viene de dentro.
Mi padre ha iniciado una guerra que no se gana con acero…
sino con traición.
El clan MacRae se rompe.
Los ingleses avanzan.
Y yo dejo de ser una cautiva.
Me convierto en un problema.
Porque sé mentir.
Sé espiar.
Sé sobrevivir.
Y Duncan MacRae está empezando a descubrir algo que podría destruirlo todo:
Que la mujer que debería odiar…
es la única que no puede permitirse perder.
Entre nosotros no hay paz.
Hay:
Desconfianza.
Violencia.
Deseo que no pide permiso.
He aprendido algo entre estos muros:
Hay hombres que te usan como sacrificio…
y hombres que te obligan a elegir entre obedecer…
o arder a su lado.
Duncan MacRae es ambos.
Y cuando llegue el momento de decidir entre el clan… o yo…
no será una elección limpia.
Será una guerra.
Y cuando Duncan descubra lo que realmente soy…
no tendrá que decidir si puede confiar en mí.
Tendrá que decidir si me ejecuta…
o si me reclama como algo mucho más peligroso que una enemiga.

4. La bastarda del highlander 


Bastarda por nacimiento. Heredera por sangre. Condenada por deseo.  
¿Y si reclamar tu nombre fuera tu sentencia de muerte... y tu único aliado fuera el hombre que juro destruirte?
Me llamaron proscrita antes de conocer mi nombre. No llegué al castillo MacDonnell como invitada. Llegué como una amenaza.
Soy Kenna. Hija rechazada de un laird muerto. Sangre que nadie quiere reconocer y que todos temen que sea real. He venido a reclamar mi herencia, aunque eso signifique dormir bajo el mismo techo que hombres que preferirían verme fuera de sus tierras para siempre.
Rowan MacDonnell no cree en documentos. Cree en el acero. Él es el guardián del clan, el guerrero encargado de mi custodia. Su orden era sencilla: vigilarme. Interrogarme. Descubrir si soy una impostora... o algo mucho más peligroso.

5. El prisionero de la Highlander 


¿Puedes besar la misma boca que señaló el camino para asesinar a toda tu familia… mientras el sabor de su sangre todavía está fresco en tus labios?
El día que lo saqué del río y lo até a mi muñeca con un grillete de hierro entendí dos cosas: que la venganza sabe mejor cuando respira… y que el espía inglés tenía ojos capaces de prometer un infierno peor que cualquier asedio.
Soy Sorcha MacLeod. Capitana de Cairnmore. Hija de una mujer degollada por traición en su propia sala. He vivido por y para el acero… pero nunca había sentido al enemigo latir con tanta fuerza bajo mis dedos.
Él es James Ashford. Espía. Sombra. El hombre que marcó los túneles por donde entró el fuego. Mi clan quiere su cabeza en una pica; yo quiero la verdad que esconde tras esa sonrisa que no se rompe ni cuando la sangre le llena la boca.
Y entonces, el cielo se volvió fuego.
Las murallas temblaron.
Los establos ardieron.
Alguien dentro de mi propio castillo vendió nuestra sangre por oro.
Mi prisionero dejó de ser un trofeo.
Se convirtió en mi única arma.
James no pidió clemencia. No huyó cuando pudo. Luchó como si ya hubiera decidido a quién pertenecía. Debía entregarlo para salvar a mi gente… pero hay decisiones que empiezan como condena y terminan pareciéndose demasiado a elección.

6. La traidora del highlander 




¿Qué harías si tu clan fuera masacradro, tu castillo ardiera... y el hombre que te arrastra fuera de las ruinas fuera el mismo que jura pagar la muerte de su hermano con tu  cabeza?
El día que el acero de los MacLean atravesó las puertas de Stirling entendí dos cosas:
que mi apellido no me salvaría…
y que el Highlander que me sujetaba por el cuello no buscaba justicia, sino venganza.
Soy Mhairi Stirling.
Heredera de un linaje marcado por la traición.
La mujer que confesó un crimen que no cometió para salvar a su hermano del Carnicero de Mull.
Me educaron para gobernar con firmeza.
Para sostener la mirada sin temblar.
Nunca para convertirme en el precio que calma la rabia de un clan.
Él es Caelan MacLean.
Lo llaman el Carnicero.
Yo lo llamo mi sentencia.
Un laird forjado en la guerra.
Un hombre que enterró a su hermano y juró que mi sangre equilibraría la balanza.
Una espada que no tiembla cuando cae.
Su clan exige mi ejecución.
Sus hombres afilan hachas esperando mi cabeza.
Y yo cabalgo encadenada detrás de su silla como trofeo y advertencia.
Nadie en Mull quiere que vea otro amanecer.
Y entonces comenzó la caza.
Porque mi traición fue conveniente.
Demasiado conveniente.
Caelan no perdona.
No olvida.
Cuando me obliga a arrodillarme ante los que piden mi muerte… y luego se interpone entre ellos y mi garganta, comprendo algo más peligroso que el odio:
no piensa entregarme.
Él quería quebrarme para vengar a su hermano.
El problema es que en las Highlands el fuego no obedece.
Y el odio, cuando se acerca demasiado, empieza a arder de otra forma.

7. La asesina del highlander


¿Qué harías si la única forma de salvar a tu hermana fuera degollar al hombre que te mantiene encadenada a su lado?
El día que intenté matar a Caelan MacLean, entendí dos cosas:
que la muerte no siempre avisa…
y que el Laird de Duart no era un hombre al que se pudiera engañar.
Soy Nora Naylor.
Huérfana. Espía. La Sombra de la Corona.
Fui criada para obedecer.
Para matar.
Para no fallar jamás.
Porque mi hermana sigue viva… solo mientras yo siga siendo útil.
Mi misión era sencilla.
Infiltrarme.
Engañarlo.
Matarlo.
Pero fallé.
Y en lugar de ejecutarme…
me encadenó.
A su castillo.
A su guerra.
A él.
Porque Caelan MacLean no perdona.
No negocia.
No suelta lo que considera suyo.
Y ahora soy su prisionera…
y su arma.
Entonces llegó la verdadera venganza.
Lord Valence ha regresado.
No para negociar.
Para arrasar.
Y para recordarme que cada error…
se paga con sangre.
Mi hermana ya ha empezado a pagar.
Ahora el único hombre capaz de salvarla…
es el mismo al que debía matar.
Y cuanto más cerca estoy de él…
más peligrosa se vuelve la verdad.
Porque en las Highlands, el amor no redime.
Encadena.

8. La cautiva del highlander oscuro


¿Qué precio tiene tu alma... cuando el hombre que te encadeno es el único que puede salvarte?
El día que me vendieron, no lloré. Aprendí algo más útil: sobrevivir en el fango.
Soy Catriona MacDuff, heredera de un clan que el acero intentó borrar.
La pieza que los hombres utilizan para ganar guerras que nunca luchan ellos.
Me capturaron, me ofrecieron como trofeo... y él no me salvó.
Me compró.
Y no me dejó ir.
Bran MacAlpin no es un héroe. Es un arma.
El sabueso de un monstruo enviado cuando la misericordia ya no sirve para nada.
No me protegió ni dudó: me reclamó como propiedad, como una deuda, como algo que no piensa perder.
Su mundo es hierro y obediencia.
El mío… era resistencia.
Pero en las Highlands, el orgullo no te mantiene con vida, y cuanto más intento odiarlo, más peligrosa se vuelve su cercanía.
Porque Bran no me libera; me mantiene demasiado cerca.
Y empiezo a entender algo que no debería:
que no soy solo su prisionera.
Soy lo único que no puede permitirse perder.
Entonces todo arde.
Los clanes caen y el hombre al que Bran sirve decide que ya no soy útil.
Ya no soy una moneda; soy un error.
Y los errores se eliminan.
Bran recibe una orden:
soltarme… o enterrarme.
Y por primera vez en su vida… no obedece.
Porque el hombre que me puso un collar de hierro es el mismo que ahora mata por mantenerme con vida.
Aunque eso signifique traicionar a su señor.
Aunque eso signifique condenarnos a ambos.

9. La jaula del highlander


¿Qué harías si el hombre al que encadenaste para pagar por tus muertos... fuera también el único al que empiezas a desear cuando todo de derrumba?
El día que Torin Sutherland me arrancó del barro y me ató a su muñeca con un grillete de hierro entendí dos cosas: que en las Highlands la supervivencia no se negocia… y que el laird que me retenía no veía en mí a una rehén, sino a un problema que aún no había decidido si resolver o conservar.
Soy Catriona Mordant. Esposa de un hombre que prefiere verme muerta antes que libre. He sobrevivido a demasiadas guerras como para temer a un solo hombre… hasta que ese hombre empieza a mirarte como si fueras lo único que mantiene su mundo en pie.
Él es Torin Sutherland. Proscrito. Laird sin piedad. Un depredador hecho de cicatrices y decisiones que no admiten error. Mi enemigo. Mi captor. El único hombre que no me ha mentido… ni siquiera cuando debería haberlo hecho.
Y entonces, el mundo se cerró sobre nosotros.
El agua dejó de ser segura.
El suelo empezó a ceder.
El aire se volvió escaso.
Y fuera de estos muros, el acero enemigo se afila para reducir esta torre a cenizas.
Alguien nos quiere muertos. A los dos.
Mi captor dejó de ser una condena. Se convirtió en mi única posibilidad de seguir respirando. Torin no pidió mi lealtad; no la necesita. Pero tampoco me soltó cuando tuvo la oportunidad. Y en un lugar donde cada decisión cuesta sangre, hay alianzas que no se firman.
Se imponen.
Debía odiarlo. Debía esperar el momento para escapar. Pero hay jaulas que no están hechas de hierro… y hombres que no te rompen.
Te obligan a elegir.