1. La noble y el rey vikingo
El día que crucé las puertas de Blackmoor entendí dos cosas:
que ese reino escondía más cuchillos que rezos…
y que la mujer que lo gobernaba tenía más acero en la mirada que en toda la armería. 🔥
Soy Rodrigo Álvarez de Clunia.
Hijo de una tierra perdida.
Noble arruinado.
Guerrero por disciplina.
He visto reinos caer y hombres suplicar,
pero nunca había visto a una mujer mirar al peligro como si fuera un espejo.
Ella es Lady Helena de Blackmoor.
La llaman noble.
Yo la llamo tormenta contenida: elegante, inteligente y con una fuerza que haría temblar a cualquier hombre sensato.
Claro que ninguno de los que la rodean lo es. Gobierna rodeada de traidores que sonríen demasiado. 🐍
Y entonces llegó Soren Haraldsson, Rey del Norte. ❄️
No habla mucho.
No lo necesita.
Cuando te mira, sabes exactamente qué lado del filo eres.
Debía negociar con ella.
El problema es que algunas negociaciones arden… antes de empezar.
2. La prisionera del vikingo
El día que me tomó su prisionera, el cielo ardía.
Juro que el fuego olía a él.
Soy Lady Alina Godwynsdóttir, hija de un Lord Sajón.
Vivía entre libros, plegarias y silencio…
hasta que los barcos del norte trajeron fuego,
y con ellos, a Erik el Trueno —
el hombre que camina entre las llamas como si los dioses lo obedecieran.
Él es Jarl. Guerrero del hierro y del hielo.
No habla más de lo necesario,
pero cada vez que lo hace, el mundo se inclina.
Salvó mi vida cuando debía tomarla.
Y desde entonces, no sé si soy su prisionera… o su castigo.
3. La vikinga y el highlander
¿Y si la paz exigiera tu cuerpo… y el hombre encargado de entregarte fuera el único dispuesto a desobedecer?
Me entregaron como garantía de una tregua. No como esposa. Como advertencia. Soy Sigrid Ravenna, vikinga, criada para resistir y no pedir permiso. Huir significaría guerra. Obedecer, perderlo todo.
Mi destino es un matrimonio impuesto con un hombre al que todos temen. Ewan McCallum solo debía escoltarme: mantenerme viva. No tocarme. No implicarse.
Pero alguien quiere quebrarme antes de que llegue. Usarme como ejemplo. Castigar a otros por mi culpa. Y cuanto más avanza el camino, más claro resulta que obedecer el pacto puede convertirlo en cómplice… y romperlo, en traidor.
Entre emboscadas, traiciones y decisiones que se pagan con sangre ajena, ninguno de los dos puede seguir fingiendo que esto es solo un encargo. Porque cuando el deseo nace en territorio enemigo, no hay elección segura: solo fuego. Solo guerra. Solo una huida que puede costarlo todo.
4. La reina vikinga y el noble hispano
En busca del fuego alquímico
El día que el mar ardió, el aire olía a sal, aceite… y miedo.
Supe que el fuego había aprendido a cazar.
Soy Rodrigo Álvarez de Clunia.
Vigilo costas. Entierro barcos. Miento para que el pánico no se propague.
He visto huir a hombres armados y rezar a los justos,
pero nunca había visto el agua arder como si tuviera hambre… y memoria.
Ella es Ingrid Halvor.
Reina vikinga. Señora del norte.
No gobierna por furia, sino por cálculo.
No teme al fuego: lo estudia.
No pierde hombres: los cobra.
Cuando fija un rumbo, no busca salvación… busca respuestas, aunque el mundo tenga que arder para dárselas.
Y está Gonzalo de Arriaga, mi señor.
Justo. Inflexible.
Un hombre peligroso porque todavía cree que hay líneas que no deben cruzarse.
El problema es que el fuego que viene no entiende de justicia…
y obligará incluso a los hombres rectos a decidir qué están dispuestos a quemar.
5. La vikinga y el general
El día que mi barco chocó con el suyo, el mar rugió como un dios celoso.
Y cuando su espada rozó mi cuello… el trueno me llamó por mi nombre. ⚡
Soy Astrid Thorsdóttir, hija del norte, guerrera sin dios ni patria.
Crecí entre acero y tormentas, sin arrodillarme ante ningún hombre.
Navegué hacia Bizancio para firmar una alianza…
y terminé prisionera de un imperio hecho de mármol, fe y mentiras.
Él debía detenerme. Yo debía odiarlo. Los dos fracasamos
Pero hay miradas que arden más que el fuego.
Él es Julio Valerio Leonidas, el estratega del Emperador.
Habla poco, ordena siempre, pero cada vez que me mira, el mundo olvida respirar.
Su deber es proteger Bizancio.
Manda ejércitos, teme a los dioses, pero cuando me mira, parece olvidar a cuál sirve.
Salvé su vida una vez. Desde entonces, no sé si soy su guerra… o su rendición.
6. La vikinga y su esclavo
¿Qué harías si el hombre que acabas de comprar jurara matarte antes del anochecer?
El día que gasté mi última moneda en el mercado de esclavos entendí dos cosas:
que Harald “Diente de Hierro” quería verme de rodillas…
y que el sajón encadenado al que había comprado no sabía arrodillarse ante nadie.
Soy Runa Sigurdsdóttir.
Jarl sin ejército. Hija de una mujer ejecutada por guardar un secreto demasiado valioso.
Él es Silas Vane.
Príncipe de Wessex. Traicionado por su hermano. Vendido por plata.
Harald lo marcó con hierro candente sobre el corazón.
Yo sostuve el hierro.
Él no gritó.
Ese fue mi primer error.
Nadie quiere que él viva.
Nadie quiere que yo conserve el anillo que puede destruir reinos.
No compré un esclavo.
Compré una guerra.
Silas no promete protección.
Promete supervivencia.
Debía usarlo como arma.
El problema es que el arma empezó a mirarme como si yo fuera suya.





